Velar supone permanecer junto a alguien. No es solo despedir a vuestro bebé, sino también poder acogerlo en familia, reconociendo el vínculo que hay y que queda para siempre. Velar nos revela algo más profundo en lo que ha ocurrido. Es tener este tiempo con él en el que podéis estar los padres, otros hijos y quizá abuelos o padrinos acompañando este momento. Es un momento íntimo en familia.
Si os llevamos a casa a vuestro bebé, se puede preparar un lugar especial, un rincón tranquilo, una mesa cubierta con una tela bonita, flores, una vela encendida o alguna imagen significativa. Se pueden hacer también ciertas cosas de las que participen otros hijos: dibujos, cartas o dejar algún objeto cerca que exprese esta acogida, como una mantita, una foto familiar o algo representativo del embarazo.
Si tenéis más hijos, poner palabras a lo que está ocurriendo de un modo sencillo suele ayudarles a integrar lo que está pasando y así vivirlo mejor: “Este/a es tu hermanito/a. Lo esperábamos con mucho amor, pero su vida aquí ha sido muy cortita y continúa en el Cielo, desde donde nos cuida (o continúa en nuestro corazón, porque lo querremos siempre...). Su cuerpo está aquí ahora para que estemos con él/ella un ratito. Podéis decirle y contarle lo que queráis”. Proponerles también cualquier gesto de cariño con el bebé les ayuda a vivirlo. Es sorprendente la naturalidad con la que los niños viven este momento.
En este momento en familia se pueden incluir pequeños gestos muy significativos, como hablarle al bebé, decirle cuánto fue esperado, darle las gracias por su vida o expresarle el amor que se siente; cantarle una canción que se esperaba cantarle; compartir recuerdos de su vida durante el embarazo o si ya había nacido, cómo se eligió su nombre...
Velar es contemplar a este/a hijo/a tan amado/a que, aunque no se quede físicamente, ha sido y será parte de la familia para siempre. Darse ese tiempo puede parecer solo doloroso, pero estos gestos de amor abren la puerta a una paz también muy sanadora.
“Los velamos con nuestros padres por la tarde y nosotros solos por la noche. Allí estuvimos al lado de nuestros hijos hasta que amaneció. Fue un momento muy especial, un punto de inflexión, también para nuestro matrimonio” (Antonio e Isabel, padres de Ángel y Jesús).