¿Dónde está Dios si mi hijo/a ha muerto? Si Él quería esta vida, ¿por qué se termina? ¿Por qué permite este sufrimiento? ¿Puede un Dios bueno querer la muerte?
Ante tantas preguntas, es normal cuestionarse la bondad de Dios. Parece que Dios nos haga un regalo y luego nos lo arrebate. Pero la vida de vuestro bebé es real, sigue siéndolo; es una vida que ha sido elevada al Cielo, algo que rompe el corazón por la distancia y, al mismo tiempo, abre una relación nueva, más parecida a la que se tiene con Dios mismo. Una relación de amor continúo, eterno, presente, incondicional con quien sigue vivo.
Jesús, a vuestro lado, lleva vuestro sufrimiento. “Jesús se echó a llorar” (Jn 11, 35) cuando supo de la muerte de su amigo Lázaro y cuando las hermanas del muerto le decían a Jesús que, si hubiera estado, Lázaro no habría muerto, y es en esta aflicción también donde Jesús toma todo el dolor, se sienta a vuestro lado, mira con amor a vuestro/a hijo/a, acompaña esta situación, intercede ante el Padre y os va abriendo el camino. Dios os acompaña.
Jesús mismo ha entrado en esta muerte de cruz para vencer a la misma muerte. Esto no nos quita el sufrimiento, pero da una esperanza: muriendo y resucitando ha acabado con la muerte y nos ha abierto el camino al Cielo. El Cielo se abre para vuestro/a hijo/a en su muerte corporal, y para vosotros en el dolor que puede llegar a sentirse como muerte en vida. Si podemos dar un paso en mirar al Cielo, en la muerte, es porque Jesús mismo nos ha abierto este camino pasando por lo mismo. De su mano podéis ir descubriendo un modo nuevo de vivir la relación con vuestro bebé.