Seguramente habréis imaginado el parto en un hospital, entre médicos, con la madre muy cuidada, con dignidad, celebrando la vida… Y este bebé llega en casa, en silencio, entre lágrimas y sin saber cómo sostener lo que está ocurriendo. Aunque no vaya a ser lo que imaginabais, no deja de ser la vida de vuestro/a hijo/a. Su cuerpo, aunque pequeño, tiene una dignidad inmensa.
Cuando os mandan a casa para tener al bebé allí, os explicarán que habrá sangrado por un tiempo. Podéis asustaros, impresionaros por este sangrado que no habíais conocido antes y que no sabéis cómo controlar ni cuánto durará. En medio de todo esto, va a acontecer el nacimiento de vuestro bebé. En medio de esta sangre dais a luz, con inmensa dignidad, a vuestro/a hijo/a, que es sagrado.
Tener las cosas preparadas para ayudaros a reconocer la dignidad de este momento tan importante puede ser de gran ayuda, a pesar de sentir al mismo tiempo que darás a luz en un lugar que jamás habrías imaginado como “sagrado”. Pero es el hecho de dar a luz y el amor lo que dignifica el lugar.
Este parto, lleno de dolor, es también lugar de la presencia de Dios. Cuando recibáis a vuestro/a hijo/a, podéis mirarlo, hablarle, acunarlo, despediros. Sin miedo a verlo, solo con el amor de sostenerlo hasta el final.
“No queríamos tomar las pastillas y esperar a ir al baño. Reconociendo la dignidad de este nacimiento preparamos algunas cosas con cariño. Compramos unas flores, para que cuando viniera las tuviera. Teníamos preparadito un minialtar con alguna imagen, con la Virgen. Así también podíamos velar un poco a nuestra hija. Hablé con una mujer gracias a En Vela, que me ayudó un montón, porque me hizo una lista de la compra de cosas que debía tener. Era quitarle la frialdad al tema médico” (Manuel y Patricia, padres de Helena).